La Generalitat recupera una charca colmatada en la Sierra Calderona y logra que el gallipato, especie vulnerable, se reproduzca de forma natural

Una cantera abandonada, una charca sepultada bajo capas de sedimentos y una especie que lleva décadas luchando por no desaparecer. Esos eran los ingredientes de partida. Un año después, el mismo lugar alberga más de 50 larvas y juveniles nacidos en libertad, siete ejemplares rastreados individualmente y una lección sobre lo que puede lograrse cuando la administración, la ciencia, las empresas y los voluntarios reman en la misma dirección.
El gallipato —conocido en valenciano como ofegabous, literalmente "ahogatoros"— es un animal que despierta más curiosidad que simpatías a primera vista. Es el anfibio más grande de la Península Ibérica, llegando a alcanzar hasta 30 centímetros de longitud. Tiene la capacidad de extraer sus propias costillas perforando la piel como mecanismo de defensa ante los depredadores , lo que quizá explica por qué la tradición popular lo asociaba con la muerte de reses que bebían en sus charcas. Pero más allá de la leyenda, su situación real es preocupante. Es la única especie de anfibios con cola que existe en la Comunitat Valenciana, donde su población está en regresión, y solo se encuentra en la Península Ibérica y Marruecos, habiendo sido afectado por la contaminación y la pérdida de sus espacios naturales.
Esta situación ha acrecentado la necesidad de despertar la empatía hacia los anfibios, el grupo de vertebrados más amenazados del planeta, con el 50% de las especies en peligro de extinción. El gallipato, en particular, está declarado vulnerable por el Catálogo Valenciano de Especies Amenazadas de Fauna, por lo que está prohibida su venta salvo en el caso de haber nacido en cautividad. Y en el pasado, incluso eso tuvo que ser perseguido judicialmente: las autoridades llegaron a desmantelar redes de comercialización ilegal de la especie.
En el Parque Natural de la Sierra Calderona, próximo al municipio de Gátova, existía desde hacía décadas una charca en el interior de una antigua cantera. Con el tiempo, el abandono hizo su trabajo: el vaso quedó completamente colmatado por sedimentos y vegetación palustre. Sin agua, sin condiciones, sin fauna. Un espacio que había perdido su función ecológica.
Desde la Conselleria de Medio Ambiente, Infraestructuras, Territorio y de la Recuperación se impulsó un proyecto de restauración ecológica que recuperó la lámina de agua original. La clave del modelo fue la colaboración: un particular cedió el terreno para su conservación, y a partir de ahí se articuló una red de actores difícilmente habitual. Voluntarios con la colaboración de Ford, la Fundación Oceanogràfic y la escuela forestal EFA La Malvesía trabajaron codo a codo con las brigadas de la Red Natura 2000 y de Parques Naturales. Se plantaron también 150 ejemplares de especies de ribera, cultivadas en el Centro Acuícola de El Palmar y en el Centro para la Investigación y Experimentación Forestal (CIEF).El resultado fue una charca funcional. Pero la restauración del hábitat era solo el primer paso.
Una vez preparado el entorno, se liberaron 150 ejemplares de gallipato. De ellos, 75 fueron marcados con microchip para permitir su seguimiento individualizado, un método que convierte a cada animal en una fuente de datos científicos. La pregunta que todos tenían en mente era sencilla: ¿iba a funcionar?
Un año después, la respuesta llegó en forma de resultados. El seguimiento permitió recapturar siete de los ejemplares marcados, todos con una notable tasa de crecimiento. Pero el dato más revelador no fue ese: se localizaron más de 50 larvas y juveniles nacidos en la propia charca durante ese período, junto con numerosos adultos no marcados y ejemplares de otras especies de anfibios, como ranas. La charca no solo acogió a los animales liberados: empezó a producir vida por sí misma.
El proyecto de reproducción y cría en condiciones controladas arrancó en 2017, año en que la Fundación Oceanogràfic inició en sus instalaciones una línea de cría de gallipatos en colaboración con la administración autonómica. Casi una década de trabajo silencioso que hoy se traduce en resultados visibles en el campo.
La Sierra Calderona no es un caso aislado en la estrategia de conservación del gallipato, pero sí se ha convertido en uno de sus enclaves más prometedores. Este año, la Fundación Oceanogràfic ha liberado más de 100 nuevos ejemplares marcados con microchip en distintas charcas del parque natural. Cada animal es, en la práctica, un sensor biológico: los datos que genere sobre crecimiento, movilidad y ecología de la especie irán completando un mapa cada vez más preciso de cómo vive y se desplaza el gallipato en su hábitat.
Lo que ocurre en la Sierra Calderona tiene algo de metáfora sobre cómo se puede hacer conservación en el siglo XXI. No basta con proteger lo que queda: hay que reconstruir lo que se perdió. Una cantera no es el lugar más romántico para hablar de naturaleza, pero es exactamente ahí, en los márgenes degradados de la actividad humana, donde se están librando algunas de las batallas más importantes por la biodiversidad. El gallipato, ese anfibio extraño que la leyenda acusaba de ahogar toros, lleva décadas siendo ahogado él mismo por la pérdida de sus charcas. Que ahora sean esas mismas charcas las que se recuperan para él tiene, al menos, algo de justicia poética.

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