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TODO ESTÁ EN LOS LIBROS

Por Albert Ferrer Orts.

Ay, qué tiempos aquellos en que, como tarareaba la melódica canción, ¡todo estaba en los libros! Eramos más jóvenes, más audaces y más idealistas, sensibles y tiernos, sin duda.

Pese a que ni la tocata mencionada, ni la voz que la interpretaba (Rosa León), ni el programa a qué daba pie (»Negro sobre blanco»), ni la cadena que lo acogía (La 2), ni el presentador que lo guiaba (Sánchez Dragó), ni... tantas y tantas cosas de aquel tiempo de cambios, ilusiones y utopías forman parte de la actualidad cultural -salvo, claro está, del controvertido y incombustible madrileño-, los libros a los que se referían continúan siendo un camino (uno de los pocos, para ser sinceros) de liberación y, por lo tanto, de perfección.

¿Quién de nosotros no se ha sumergido, literalmente hablando, leyendo esto o aquello o, incluso, ha llegado a perder la noción del tiempo? ¿Quién no se ha visto retratado en algún relato? ¿Quién no ha soñado con los ojos abiertos? ¿Quienes no han viajado? ¿Quienes no han llorado, se han enamorado, se han estremecido, se han indignado y se han sorprendido? ¿Quienes no se han puesto en la piel de los protagonistas?

Ahí recae el secreto de la lectura, dejarse traer por el hilo conductor de las palabras, cosidas en oraciones y frases, por poder hilvanar un vestido a la medida de cada cual y de sus circunstancias. Porque los libros, como las canciones y el arte, toman vida propia cuando salen de las manos de sus autores. Es decir, una misma creación suscita determinadas reacciones dependiendo del momento, de la situación o del contexto en qué se lean, se escuchan o se contemplan.

Dicen que esta primavera, tan unida a las ferias del libro, no hay ningún autor que haya sido capaz -a priori- de arrasar en las listas de ventas y de hartarse a firmar autógrafos a diestro y siniestro mientras la editorial que lo proyecta hace su agosto particular. La competencia es dura y las sacadas y argucias de los editores (amén del boca a boca) hacen el resto. Quiero decir, vender sus productos por encima de todo.

La vida es un gran negocio, ¡no iban a dejar de serlo los libros!

Pero más allá del alto precio que piden los libreros por las novedades que presentan, excesivo a mi parecer, no es menos cierto que este peculiar mundo de la letra escrita debe flotar y sobrevivir para que la fábrica de sueños que representa pueda continuar hacernos salir de las miserias que nos rodean a menudo y catapultarnos a escenarios de lo más singulares.

La lectura es una necesidad vital mientras no se demuestre el contrario. La competencia, sin embargo, es dura y los medios audiovisuales se encargan diariamente de poner a prueba sus contrastadas virtudes; sobre todo a través de internet y de una televisión esperpéntica diseñada para agitar las audiencias y hacerlas amorfas, dóciles y acríticas.

El acto de leer -los buenos lectores lo saben bien- es todo un ritual, una liturgia si se quiere. Encontrar el libro que se desea, hojearlo, adquirirlo, buscar el momento y el lugar adecuados, introducirse en él y sentirse el protagonista libre de la cotidianidad, pensar en el que se ha leído, comentarlo... es una experiencia única e irrepetible. Algo impagable, ciertamente.

No se trata sólo de saber más o menos, de disponer de un léxico esmerado y amplio, de adquirir un lenguaje elegante y una vasta cultura o de hacer gala de haber viajado con la imaginación por medio mundo y conocer otra gente, variadas costumbres y situaciones. Es mucho más. Es poder experimentar sensaciones, sentimientos y vivencias que de otra forma nos seria casi imposible lograr, a no ser que se crea en la reencarnación y se espere, en otras vidas obviamente, que la eternidad se encargo de dar respuesta a nuestra innata curiosidad.

Todo está en los libros... hagamos un buen uso de ellos.
Fuente: Diari El Punt 02/05/2010

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